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lunes, 26 de junio de 2017

Malcom Lowry: bajo un volcán de literatura y alcohol



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El escritor Malcom Lowry, se dispone a dar cuenta de una botella de licor


I

De no haber escrito su obra magna Bajo el volcán, de seguro la producción literaria de Malcom Lowry, estaría hoy condenada a un injusto olvido. Nacido en Cheshire, un 28 de julio de 1909, el novelista estudia en Cambridge para luego comenzar una larga trashumancia que lo llevó a hacer varios viajes exóticos por el mundo. Lowry era hijo de una pareja de típico carácter inglés, donde la fe y la prosperidad material van de la mano. Arthur Lowry, era un abstemio, estricto metodista y comerciante de algodón; su madre, Evelyn, era una mujer enfermiza y flemática. Malcom fue el menor de sus hijos, con el que marcó una distancia afectiva que lo marcó por el resto de su vida. Entre los fuertes bastiones del estoicismo psicológico y la jerarquía familiar, el futuro alcoholismo del vástago sería una suerte de ruptura, de rebelión afianzada aún más con el ejercicio de la literatura.

Pero, Lowry, heredaría algo mucho más importante: la lengua inglesa. El escritor crecerá a la sombra de la técnica más revolucionaria de la literatura: el conocido stream of counsciousness (o corriente de conciencia). Woolf, Faulkner, Joyce, en gran medida, y también, un oscuro escritor, Conrad Aiken, con quien Lowry trabó amistad, poco antes de su ingreso a Cambridge, fueron sus más directas influencias. Aiken era un exégeta joyceano, amigo del poeta T.S. Elliot, además de un ebrio contumaz y putañero; otro autor, hoy prácticamente desconocido, Nordhal Grieg, influyó al futuro autor de Bajo el volcán, con una novela The Ships sails on, que de no ser por este antecedente, se hundiría en la sombra de la literatura europea. Estos son los antecedentes literarios de su primera novela, Ultramarine, que publicó la editorial Jonathan Cape de Londres. Para buscar la manera de erigir su más ambiciosa novela, Lowry se autoimpondrá un autoexilio interior, con la búsqueda incesante de una vida procelosa, donde los arcanos y el azar, marcarán su imaginario estético. Buscó el amor materno en dos mujeres: Margorie Bonner y Jan Gabrial, y una patria más allá de la suya: México.

II

Lowry llega al país del mezcal, con la intención de construir un proyecto en clave: “The White Whale” o La Ballena Blanca, emulando a Melville. Mientras el mundo estalla en una guerra, Malcom Lowry comienza una consigo mismo, que lo llevará al descenso a los infiernos de sus más oscuros demonios: una visión mística del mundo, en el que verá todas las cosas en clave de signos cabalísticos y arcanos misteriosos, que en su intrincada mente de escritor genial, verá la luz por medio del turbulento mar del alcoholismo en que se sumió durante casi una década, hasta que pudo parir, en 1947, su obra más conspicua.

La imagen de una Cuernavaca ―Quauhnahuac, como la llama a lo largo de la novela―, cifrada en clave de un inframundo lleno de recuerdos, sombras, anhelos, visiones y demonios que acosan al cónsul Geoffrey Firmin (el mezcal sobre todas las cosas: licor al que Lowry le tenía un temor patológico, por haber perdido los estribos bajo su efecto una de sus escapadas mexicanas), cruzan la una de las novelas más abstrusas del siglo XX.

Como claves en las ascuas de un cigarrillo o guiños en los arcanos del Tarot, los fantasmas del delirium tremens, afloran en las páginas de Bajo el volcán. A la manera de un Joyce mexicano, Lowry sitúa a su lector en el día de muertos de 1939, no sin pintar primero las montañas y el paisaje de una república, por la que parece precipitarse vertiginosamente la razón, en contra de la miríada de referencias psicológicas que sugieren, como puertas falsas de un infierno, salidas a un paraíso anhelado. En ese sentido hay que decir que Lowry se mantuvo fiel a la doctrina dantesca. La Divina Comedia se convirtió en su modelo. Ivonne es su Beatrice. Doce capítulos, que intentan abarcarlo todo, como si fuera una suerte de viaje cabalístico en la primera, Bajo el volcán, de una trilogía de novelas que representarían, quizás, el paraíso que la humanidad se aprestaba a perder con la segunda de las grandes guerras de la historia.

III

Un 26 de junio de 1957, hace exactamente sesenta años, Lowry, abandonaba este mundo, en Ripe, Inglaterra, al parecer en un episodio de bronco aspiración mientras dormía. ¿Qué hubiera escrito de haber vivido más de los cuarenta y ocho años de breve vida, que le fue otorgada a Malcom Lowry? ¿A lo mejor una trilogía insuperable sobre el abismo de la mente humana cuando está sometida a los designios caprichosos de ese extraño látigo del arte, la escritura? Nada sabremos. Nos queda una obra maestra de trescientas páginas, en las que el alcoholismo se convierte en un grito pleno de lirismo, al borde de un jardín que los seres humanos nos obstinamos, como todas las cosas, en destruir.

«¿LE GUSTA ESTE JARDÍN QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!»


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